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martes, marzo 13, 2007

Carta dirigida a Carlos Tello, escritor del libro 2 de Julio

Por: Carlos Alazraki

Estimado Carlos:
... Yo también le voy hacer publicidad a tu libro...
Faltaba más...
¿A poco creías que nada más se la ibas a dejar a los simpatizantes de López Obrador?
Como sabes, en estas elecciones, estuve metido “hasta las manitas”.
Le hice la publicidad a Roberto Madrazo a partir del 12 de mayo, y estuve muy cerca de él, ese famoso 2 de julio.
Admito que la crónica hora por hora de tu libro, es bastante acertada.
Lo que describes que pasó en el cuartel general del PRI, es 100% correcta...
Probablemente lo que te faltó comentar en tu libro, fue que Roberto además de perder por las broncas con Elba Esther, la bronca del gobernador Marín y el pleito con Montiel, y la falta de apoyo de algunos gobernadores, fue que muchos comentaristas de diversos medios indujeron al electorado un mes antes de la elección, que la batalla electoral era de nada más de 2...
López Obrador y Felipe Calderón...
Que Roberto ya no era una opción.
Y ese fue el gran factor por el que ganó Felipe Calderón.
La elección se convirtió en un referéndum en contra de López Obrador...
De eso se trató el 2 de julio...
Del sí o no a López.
Pensé mucho en escribir esta carta porque ya pasaron 8 meses.
Pero dadas las circunstancias que se han presentado por tu libro, decidí escribirla.
Te comentaré que a principios de este año, desayuné con dos perredistas muy cercanos a López Obrador.
Por respeto a ellos y su futura carrera política no diré quienes fueron.
Al igual que tú, yo también me reservo el derecho de decir quienes fueron.
Ellos dos, me admitieron abiertamente que sí habían perdido la elección voto por voto.
Admitieron frente a mí que perdieron por la soberbia de López Obrador que dejó de escuchar a sus colaboradores más cercanos un mes antes.
Y que perdieron por culpa de la maquinaria de Fox y por la campaña asesina de la iniciativa privada en su contra.
Aceptando que sus redes ciudadanas tampoco funcionaron en algunos estados.
Estuve de acuerdo con ellos dos.

Esa fue la razón de la derrota de López Obrador.
Errores en el último mes de campaña.
Pero mi carta no es para explicar el porqué de la derrota de López.
Mi carta es también para protestar y solidarizarme contigo por los ataques que tuviste en la presentación de tu libro.
Por los ataques que has tenido por parte de los periodistas voceros del PRD.
Por los ataques de los simpatizantes de López Obrador que como gandallas irrumpen un evento privado con el único objeto de reventarlo.
Por los ataques y amenazas que otros periodistas han recibido de estos gandules por el simple hecho de no estar de acuerdo con ellos.
Sabes Carlos, estos grupos que protestan con el fin de protestar por protestar, son los mismos que se rasgaban las vestiduras antes porque los medios no les daban juego.
Ahora que la democracia está instaurada y los medios tienen toda la apertura, este mismo grupo se convierte en el grupo censor por el simple hecho de no coincidir con ellos.
Yo me sumo a los periodistas que opinan que si López Obrador hubiese ganado, hubiéramos regresado al control de los medios.
Lo demostraron muchas veces.
Cuando las encuestas de los medios les favorecían, eran unos grandes medios.
Cuando las encuestas no les favorecían, eran unos pinches medios...
Siempre han sido un pequeño grupo de intolerantes que no pueden convivir con gente que no opine igual que ellos.
Simplemente estás con ellos, o estás en su contra...
Así son, y así serán.
Y luego se preguntan porque el 68 por ciento del electorado no los quiere...
Yo te felicito por haber escrito el libro.
Creo que es una reseña muy importante de ese día.
No me queda la más mínima duda que tu libro será un referente para la historia de esta elección.
Y en relación que si López Obrador admitió su derrota o no...
Hoy ya no tiene la menor importancia...
Muchos perredistas ya la aceptaron.

carlos@alazraki.com.mx

jueves, marzo 08, 2007

2 de julio, la historia sin mitos / Raúl Trejo Delarbre

La confusión y el embuste se encuentran en las antípodas de la deliberación racional. La antidemocracia se nutre de mitos. Su contraparte, se asienta en los hechos. La contribución principal de Carlos Tello Díaz al esclarecimiento de las recientes elecciones no consiste en recordarnos que Andrés Manuel López Obrador es un mentiroso. Eso ya lo sabíamos. El mérito notable en 2 de julio, un libro que ha sido menos leído que discutido, se encuentra en la reconstrucción de ese día y, especialmente, de los datos acerca de la votación que iban ofreciendo las encuestas a la salida de las casillas y más tarde los conteos rápidos.
Más que revelaciones, el libro de Tello Díaz ofrece documentadas constataciones. Ya se conocía que durante todo ese domingo las casas encuestadoras registraron los vaivenes de una elección en donde los dos principales candidatos a la presidencia se alternaban en la delantera. Ya se sabía que, conforme fueron cerrando, de las casillas de votación llegaron datos que confirmaban lo muy disputada que estuvo la elección.
La contribución de ese libro al conocimiento de tales hechos radica en presentar, hora tras hora y aderezada con una sabrosa crónica de sus personajes principales y sus circunstancias, las cifras que surgían en el transcurso de la jornada electoral. Y de manera específica el dato político e informativo, pero también histórico y moral, es la comprobación de que el candidato presidencial de la Coalición Por el Bien de Todos supo, desde la noche del 2 de julio, que no había ganado la elección.
El episodio de ese libro que más ha sido comentado muestra a López Obrador haciendo, en privado, un reconocimiento abierto a la derrota que acababa de sufrir. La ausencia de fuentes expresas para documentar ese momento ha sido tomada como debilidad en la investigación de Tello Díaz. Sin embargo 2 de julio es mucho más que ese incidente, de la misma manera que la elección presidencial tuvo una complejidad que supera, con mucho, los arrebatos y las falsedades del candidato de la Coalición.
La ventaja que acarreaba desde más de un año antes de la elección, la debilidad inicial del candidato presidencial del PAN y la actitud de no pocos medios de comunicación en donde ya fuese para encomiarlo o para denostarlo se le trataba como seguro ganador, contribuyeron a crear una falsa pero extendida percepción acerca de las posibilidades de triunfo de López Obrador. Tanto en segmentos importantes de la sociedad mexicana como en la clase política y mediática, durante la primera mitad de 2006 se fue extendiendo la certeza de que el vencedor sería el candidato del PRD.
Para algunos, partidarios de López Obrador, aquella era una ilusión que tenía algo de voluntarismo pero que se afianzaba en datos como los que ofrecían las encuestas durante los primeros meses del año. Para otros, simplemente se trataba de una lectura resignada pero desactualizada. Ni unos, ni otros, estuvieron suficientemente dispuestos a entender las variaciones en las preferencias políticas de los ciudadanos.
Hasta el mes de marzo López Obrador mantenía varios puntos de ventaja. Pero en abril todas las encuestas conocidas registraron un avance importante en las preferencias de voto por Felipe Calderón. Eso podía advertirlo cualquier lector de periódicos. Al hacer un promedio de los datos de cinco encuestas (Consulta, GEA-ISA, El Universal, Reforma y Parametría) en marzo se podía observar que la intención de voto por López Obrador era de 39 puntos y por Calderón de 31.8. Pero al siguiente mes esa situación cambió: el candidato de la Coalición tenía 34.2% y el panista 36.6% de las intenciones de voto y descontando a los ciudadanos todavía indecisos. Calderón siguió adelante todo mayo y en junio los dos candidatos iban empatados.
Al terminar junio cuatro de dichas encuestas, consultadas por el autor de esta columna, indicaban que la intención de voto le favorecía a López Obrador por diferencias que en la mayor parte de los casos eran inferiores al margen de error. En otra más se advertía una ventaja, pero también pequeña, del candidato del PAN. En otras palabras, estábamos ante un empate. Quienquiera que ganase las elecciones lo haría por una diferencia de votos muy pequeña.
Para entonces López Obrador en público despotricaba contra las encuestas pero, en privado, se enteraba de ellas. La que encargaba a la firma Covarrubias a comienzos de mayo le informó —según sabemos ahora gracias al libro de Tello Díaz— que, sin reasignar indecisos, él tenía 29% de preferencias de voto frente a 34% de Calderón. Y aunque un día sí y otro también mandaba al diablo a las encuestas, sabía que la competencia estaba muy cerrada.
El 2 de julio la misma casa encuestadora le informó a López Obrador que, a las 11 de la noche, su conteo rápido —realizado con datos ya computados en casillas electorales— revelaba que iban empatados con 36% cada uno. Y una hora más tarde, en ese conteo, el candidato del PAN tenía una delantera de un punto.
A pesar de esos datos López Obrador proclamó que él había ganado la elección. Lo de menos es si admitió o no delante de sus allegados que en realidad había perdido. El libro de Tello Díaz demuestra que ese candidato dispuso de información oportuna y suficiente que le permitió saber que, en una elección muy reñida, él quedaba en segundo sitio. Además de encuestas como la de Covarrubias, López Obrador se enteró de la información que surgía del centro de cómputo que había instalado Televisa porque durante la tarde había enviado allí a uno de sus hijos.
Los datos de la elección no sustentaban la rabieta de López Obrador y mucho menos la mascarada que protagonizó en los siguientes meses. Muchos ciudadanos quisieron creerle y lo acompañaron por un trecho en esa ruta de colisión consigo mismo y con los principios democráticos más elementales. Pero también resulta sorprendente el encandilamiento de no pocos funcionarios, dirigentes y analistas que durante varios meses, antes de las elecciones, estuvieron inamoviblemente convencidos de que éste sería el vencedor aunque las encuestas mostraban que la elección estaría muy competida.
Peor aún fue la postura de quienes, después del 2 de julio, apostaron a la anulación de las elecciones con el propósito de que se formara un gobierno interino. Cuando después de las elecciones leímos acerca de esa posibilidad creímos que se trataba de un desvarío sensacionalista en algunas columnas de infidencias políticas. Ahora que el libro de Tello Díaz ofrece nombres y presuntos beneficiarios de aquella maniobra, que no ha sido desmentida y en la que habrían participado algunos importantísimos funcionarios universitarios, tenemos que reconocer que la ofuscación y la inescrupulosidad en la vida pública mexicana se han extendido mucho más de lo que hubiéramos pensado. El libro de Carlos Tello Díaz ayuda a despejar mitos y brumas que han dificultado la evaluación del 2 de julio pero también revela improvisaciones y pobrezas de nuestras elites políticas.

ALACENA: Despenalización a medias
La despenalización de los delitos de prensa —calumnias, injurias, difamación— para que su sanción sea exclusivamente pecuniaria es buena noticia. Lamentablemente a los senadores —y antes a los diputados, que el año pasado aprobaron esa reforma al Código Penal— se les olvidó que en la Ley de Imprenta se mantienen condenas de prisión para los periodistas que incurran en “ataques a la vida privada” —cárcel de 8 días a 6 meses—, injurias “que causen afrenta ante la opinión pública” –6 meses a 2 años– y “ataques a la moral” –arresto de hasta 11 meses–. El próximo 9 de abril la Ley de Imprenta cumplirá 90 años.

trejoraul@gmail.com
Blog:http://sociedad.wordpress.com

lunes, marzo 05, 2007

'2 de julio'

Jesús Silva-Herzog Márquez

Winston Churchill tituló el cuarto de sus seis gruesos volúmenes sobre la Segunda Guerra Mundial "La encrucijada del destino". Se refería al año de 1940, el momento en que más cerca estuvo Hitler de obtener la victoria. John Lukacs, quien ha dedicado buena parte de su vida a estudiar la guerra, se ha concentrado precisamente en esos meses. Para entender lo que estaba en juego y apreciar el peso del liderazgo se ha empeñado en capturar los instantes más dramáticos de ese tiempo. Por eso ha puesto los meses del 40 bajo el microscopio, resaltando sus momentos cruciales. En una semana puede verse el denso enjambre de un drama secular. A través de la concentración del historiador en un lapso corto, se iluminan los peligros y las oportunidades del presente, el peso de las decisiones y el impacto del azar. La memoria de los siglos tiende a borrar al hombre. Las coyunturas críticas, por el contrario, colocan una lupa sobre la acción: el camino se ilumina abierto a la decisión humana. La historia deja de ser el cuento de lo que tenía que haber sucedido para convertirse en una tensa narración de peligros y osadías. La historia que suele crecer con la lentitud del pasto a veces empaqueta en pocas horas hechos cargados de consecuencia.

Un ejemplo admirable de este trabajo de microhistoria -no por la pequeñez de la población estudiada, sino por la brevedad del tiempo en examen- es el nuevo libro de Carlos Tello Díaz, 2 de julio, publicado por Planeta. El primer domingo de julio del 2006 marca el origen de la más grave crisis política que haya vivido México en su historia reciente. La narración comienza a las ocho de la mañana, cuando el candidato Andrés Manuel López Obrador sale de su casa en Copilco para votar y termina a las tres de la mañana del día siguiente al regresar Felipe Calderón, como candidato triunfante, a su casa. La crónica hila lo anecdótico con lo crítico. Tras una cuidadosa investigación hemerográfica y una extensa lista de entrevistas, Carlos Tello restaura la memoria de un día.

El reportaje se sumerge en la fecha pero no se estanca en ella. Con notable talento narrativo parte del domingo para reconstruir los datos esenciales de una campaña corrosiva. Y de ahí mismo sale para adelantarse a la crisis postelectoral. Así podemos recordar el clima de la opinión que rodeaba la jornada electoral. Prácticamente todos los políticos, observadores independientes, ciudadanos y encuestadores, anticipaban una victoria de López Obrador. Vaticinada con tantos meses de antelación, parecía un hecho inevitable, a pesar de que los sondeos retrataban una competencia cerrada. Podemos remembrar también el triunfalismo del campo lopezobradorista. La cúpula del PRD vivió el día preparando una fiesta. Carlos Tello no encuentra rasgo alguno que muestre señales de una trampa. Sin embargo, exhibe los errores y las imprevisiones de un árbitro que no anticipó, como era su deber elemental, el escenario más complejo que podía presentársele. El confuso discurso del presidente del órgano electoral, lejos de aclarar el panorama, resultó un manjar para mitógrafos y conspiratistas que proliferaron tras la elección. La sorpresa de julio exhibió los descuidos de unos y las deslealtades de otros. La crisis del 2006 nació de la negligencia y la soberbia.

A los pescadores de escándalo, debo decir que el libro de Carlos Tello Díaz no es particularmente revelador. Es cierto que hay un par de episodios que no eran del conocimiento público y que han generado, más que una controversia, una embestida contra el autor. Pero, a pesar de lo que sugiere el murmullo mediático, el ingrediente básico de este relato no son las revelaciones, sino la evocación de una memoria pública y fresca que se empolvó rápidamente con ficciones. La polémica periodística que ha suscitado la crónica se ha centrado en el develamiento de secretos y la divulgación de infidencias. El núcleo del relato, sin embargo, es otro: la reconstrucción puntual de recuerdos comunes. Carlos Tello nos hace revivir lo que vivimos durante la jornada electoral. Su libro descubre muy poco, por ejemplo, al recordar el contraste de los cuarteles partidistas. Todos tenemos viva la imagen: mientras los panistas celebraban con espontaneidad, los perredistas, conmocionados con la sorpresa, tenían cara de sepelio mientras simulaban un festejo. 2 de julio cuenta pocas historias que no conociéramos, pero nos ayuda a recordar lo que demasiado pronto quisimos olvidar.

Ahí encuentro la enorme aportación de esta crónica. Quienes denunciaron un fraude descomunal construyeron una fábula instantánea alrededor del 2 de julio. Con una habilidad perversa, el caudillo derrotado supo aprovechar los tropiezos de la autoridad electoral y la hondura de nuestras desconfianzas para ingeniar la patraña de una estafa tan monumental como indemostrable. Cada uno de los alegatos resultó ser humo. Las distintas pruebas que ofrecieron se refutaban unas a otras: los votos faltantes no faltaban; el algoritmo maligno era una farsa ridícula, el fraude cibernético fue una ocurrencia; la trampa "a la antigüita" era igualmente insostenible. Como sea, el hecho es que la fecha quedó impregnada de rumores, habladurías y cuentos. Lo más grave es que los aliados de López Obrador, sus asesores y voceros, los miembros de su partido, se hicieron cómplices de una aventura demencial que sabían infundada. Nadie dentro del núcleo se atrevió a decir que el caudillo iba desnudo. Al reconstruir nuestra historia reciente, Carlos Tello Díaz exhibe esa deshonestidad. Por eso recibe hoy una ráfaga de descalificaciones interesadas. Su libro sobrevivirá las invectivas. Será, sin duda, una pieza clave para entender el 2006.